martes, 5 de diciembre de 2006

sobrecamas







"El amor después del amor, tal vez se parezca a este rayo de sol..."
Fito Paez











Juego preliminar

Siempre he pensado que hay dos momentos trascendentales en la vida del ser humano como ente social y sexual, hablo de la sobremesa y la sobrecama.

Los mejores vinos, dulces, tabacos, el mejor café, así como las mejores discusiones, proposiciones, interacciones y la mejor de las siestas, vendrán siempre después de una buena comida, en un ambiente agradable, con personas que tal vez no sean las mejores, pero que pueden ser rescatables.

Lo mismo sucede con la sobrecama, cuando nos sobrevivimos en el otro, en el silencio de los cuerpos desnudos después de la comunicación exhaustiva, en el diálogo entre fluidos, en el rescate del aliento por medio del otro. Saber que muchas veces no se tiene que abrir la boca para decirlo todo. Leer en el cuerpo del otro lo que se escribió a fuerza de besos, caricias y risas entrecortadas. Uno puede hablar de tantas cosas y no decir nada o por el contrario quedarse calladita, pegada al cuerpo ajeno pero propio y sentir que lo sabe todo, que no hay nada más grande o más pequeño que ese momento, minuto de eternidad, espacio macerado, sacralizado, por la intrusión siempre bienvenida del otro.


Hoy está la convulsión por plasmar los diálogos, las risas, lo rescatable o lo que se quisiera dejar de lado. Esta convulsión puede ser propia o ajena, incluso la fantasía de lo que se quiso sentir o lo que se quiso decir. Hacer una secuencia de sobrecamas en donde cualquiera se puede descubrir, atormentar, regocijar, burlar o enojar, es el motivo y la causa final de esta compilación de introspecciones camales.





Adivinando

Te gustaba mirarme. Lo descubrí una noche después de haber estado quemando juntos las sábanas. Lejos de percibir cualquier efecto en tu voz, escuché que me decías con la voz ronca de tanto besarnos "me gusta tu espalda". En un tono que tú ya conocías te respondí sin mirarte "tú nomás dime y te la doy cuando quieras". Seguí sentada en la orilla de la cama, fumando, viendo sin interés las imágenes que corrían frente a mis ojos en la pantalla. "¿qué no habrá porno para mujeres?", "¿y de cuándo acá te interesa el porno?", "¿y por qué no?", "claro que hay porno para mujeres --dijiste como si fueras a dar una cátedra-- son las novelas", "no mames, las novelas no son porno", "por supuesto que sí, un porno del dolor, las buenas, que siempre están muy buenas, sufren como si en eso se les fuera la vida, pero al final, siempre se ganan al mamado de la novela"."Puros pendejos", "pero son los que les gustan". Apagué mi cigarro y te enfrenté "¿y cómo sabes tú que nos gustan los pendejos?", sonreíste "¿no estoy yo aquí?", "tú eres un aprendiz de canalla, no un pendejo... te salva el querer ser el malo".

A un guiño me tuviste de nuevo junto a ti, compartiendo la almohada, el pedazo de sábana, el nuevo cigarrillo en tus manos. Tu piel ya no era cálida como media hora atrás, ahora estaba fría, incómoda, lacia y sin ganas. Tomaste el control y empezamos a darle la vuelta a los canales: noticias, series, documentales --un bebuino puede tener un montón de hembras hasta que llega uno más joven y le quita su harem--, más noticias, más series, compras por tv... te detuviste en ese canal. Una mujer de pechos grandes lavaba un automóvil deportivo rojo. Te adiviné siguiendo sus movimientos sobre el carro, viendo como se mojaba su camisetita blanca mientras aplastaba las tetas sobre el cofre, esperando que se levantara para adivinarle el frío bajo la tela.
Te enfrenté. Tu cigarro colgaba peligrosamente de la comisura de tu labio inferior, tenías la boca abierta. "Cuando tenga dinero te voy a regalar un deportivo rojo, como ése" te dije, pero no contestaste.

Me separé de ti y de golpe sentí como mi piel se enfriaba. Caminé hasta la ventana, abrí las cortinas: al fondo el mar era una adivinanza. En el departamento de a lado una mujer semidesnuda estaba junto a su ventana creyendo ver el mar. La imaginé en la misma situación que yo, con su hombre en la cama viendo a una tetona lavando un deportivo rojo, mientras ella aparentaba no ser vista por la mujer semidesnuda que estaba en la ventana del departamento de a lado, creyendo ver el mar, con su hombre en la cama viendo a una tetona lavando un deportivo rojo; mientras aparentaba no ser vista por la mujer semidesnuda que estaba en la ventana del departamento de a lado creyendo ver el mar, con su hombre en la cama viendo a una tetona lavando un deportivo rojo; mientras aparentaba no ser vista por la mujer en la ventana...




Right on toon

Tus besos se llegaron a recrear,
aquí en mi boca...
Te escucho desentonando el viejo bolero en el baño, no puedo evitar reírme una vez más...
Llenando de ilusión y de pasión,
Mi vida loca...

Siempre te ha dado por cantar después de hacer el amor. Lo descubrí en nuestra primera noche, después de estar conmigo sobre la cama el tiempo reglamentario para no provocarme sentimientos de abandono, te levantaste y fuiste al baño. Nada más cerraste la puerta y te inspiraste con una canción de moda, romántica, decía algo así como:
Wouldn’t you agree?
Baby you and me
We’ve got a groovy kind of love.

Debo reconocer que entonces pensé que me estabas enviando algún mensaje oculto, por supuesto que en aquella ocasión la risa se quedó muy dentro de mí, de hecho la tensión me fue subiendo por los pies, enredándose entre mis piernas hasta llegar al estómago; esperaba que al salir del baño me dijeras algo sobre el momento que habíamos compartido, el por qué habías cantado aquella canción, cualquier cosa que tranquilizara el hormigueo bajo mi piel, cosas de adolescente enamorada.
Con el tiempo me fui dando cuenta de que tu repertorio era todo un "random", muy variadito y casi nunca coincidía con lo que sentíamos o pretendíamos sentir, cantabas por cantar, nomás, como una terapia de relajación, como si así liberaras el último rescoldo de energía.
En una ocasión en que las cosas del día no fueron como debían y repercutieron en nuestros asuntos nocturnos, te escuché cantar lo último que hubiera creído que podría escucharte después de haber hecho el amor. Te levantaste molesto y una vez dentro del baño te oí cantar con la voz apagada:
Allá en la fuente,
había un chorrito,
se hacía grandote,
se hacía chiquito...
Tu voz era ausente, desmotivada, huidiza como el agua que borraba a su paso mis caricias sobre tu cuerpo. En vez de reírme como siempre lo hacía, dejé la cama y fui a encontrarte. Te vi recargado contra las baldosas, con los ojos cerrados, dejando correr el agua sobre tu cuerpo. Te ayudé:
Estaba de mal humor,
pobre chorrito,
tenía calor.
Abriste los ojos con ese brillo que siempre he reconocido en ti para mí, y dijiste "ven para acá, hormiguita" y me jalaste dentro de la ducha para atrapar con tu boca la risa que salía de mis labios mientras mis manos se colgaban de tus hombros para concluir lo que habíamos comenzado en la cama.
... y no me cansaré de bendecir
tanta dulzura...

Me regresó tu voz en la puerta del baño. Sonreí mientras caminabas de nuevo hacia mí envuelto en un vaporoso resplandor; "¿todo bien?" te pregunté con mis brazos bien abiertos, tan sólo para ti. Sin decirme nada tus besos respondieron con detalle a mi pregunta, tu cuerpo volvió a pegarse con el mío y nuestras humedades se fueron recorriendo sobre las sábanas cansadas.
Todo está bien.





Fantasías

Lo suyo se basó en la fantasía: la fantasía del otro en la una, de la una sobre el otro, dos con uno y uno para todas. Metáforas matemáticas. El ludo en ecuación sin rostro.

Una noche, la luna les pegó con su guante de alcohol y ternura, de confesión y trago amargo.
Desvelándose el amor en donde no debió existir, te fue dejando, se fue yendo, se fueron quedando solos, absurdos, tacaños, vacíos, reales.





Gráfico

Dijiste "ve despacio" y terminaste.





Pequeñeces

Entonces cerraste la puerta. Te fuiste porque era necesario, importante, vital, espacial, natural, causal y factual. Saliste de la casa y me quedé sola frente a la que fue hasta ese momento nuestra cama; una cama enorme, digna de la pasión que vivíamos y a la que nos entregábamos sin tregua, una cama ahora vacía de ti.
En un intento por recuperar lo perdido, me acosté sobre el espacio que acababas de abandonar para ver si podía así rescatar un poco del calor de tu piel, de aquel olor tan tuyo y mío sobre las sábanas. La sensación fue extraña; como cuando murió mi madre y me pasaba tardes enteras en un rincón de la cocina intentando retener en mi nariz el olor a vainilla de sus manos, o como cuando me avisabas que tenías una junta y saldrías tarde, que no te esperara, y me acostaba como ahora sobre tu espacio para sentirte cerca, para creer que el trabajo era la única razón de tu tardanza, de tu falta. En más de una ocasión tu almohada sirvió de salvavidas en noches de tormenta, tu ausencia en aquella cama fue mi presencia.
Hoy no es así. La cama no me trae nada: ni tu calor, ni tu olor, ni siquiera me trae el recuerdo de lo que viví contigo. Hoy esta cama pasó de ser el centro de mi universo, a convertirse en lo que me enseñaron los libros y las buenas conciencias: un no-lugar, un espacio de tránsito, un área de descanso, el pedacito de paz en donde puedo soñar.
Sólo espero que llegue el día en que no pueda explicarme cómo fue que un día cupimos tú y yo sobre esta cama.




Manías

“¿y eso?”, preguntas con sonrisa apagada sin apartarme de tu lado. “¿qué?” te contesto pegándome más a tu piel, siempre me ha gustado pegarme a ti después de hacer el amor, sentir tu respiración retomar su ritmo habitual me devuelve a la realidad suavemente, sabiendo que no necesito salir corriendo para sentirme segura de mí misma, autosuficiente, fuerte. “ya, deja de mover los pies bajo la sábana...” “¿mande?”, “sí, nunca he entendido por qué mueves los pies así...” “así, ¿cómo?” “Como si bailaras”... tomas el control de la televisión sin soltarme, sé que no te molesta el que mueva los pies, sólo te llama la atención, como si fuera algo nuevo a pesar de los años que llevamos juntos.
Siempre te he desquiciado a propósito y no, con mis manías. Nunca me creíste que yo no permitía que me tomaran de la mano. Creo que fue el primero de los retos que tomaste para acercarte a mí. Te lo dije el día que nos conocimos en aquel café-nevería con teléfonos en cada mesa; yo iba con mis amigas de la prepa, tú estabas solo. Recuerdo que llamaste nuestra atención por considerarte demasiado viejo para estar en un café de moda; a los 17 uno cree que cualquier edad después de los 25 significa la entrada a las ligas menores de la tercera edad. Poco a poco fueron llegando los novios de mis compañeras y se fue vaciando la mesa hasta que me dejaron sola. Entonces volteaste hacia mí y sonreíste; mi reacción fue la misma que he conservado 15 años después, pedí la cuenta y salí tropezándome entre la gente, sin voltear atrás.

Caminé una o dos calles hasta llegar a la avenida para tomar el autobús de regreso a casa, atormentándome con la idea de por qué me habías sonreído y peor aún, por qué tuve que huir de esa manera. Cuando llegué a la parada el cielo era una nube gris sobre mis hombros, para ese momento mi mente elaboraba la excusa que más tarde y por teléfono tendría que darle a Concha explicándole mi salida sin despedirme de nadie; aunada a la invención de la historia fantástica de mi tarde con las amigas en el nuevo café de moda para que mis padres, complacidos, me siguieran creyendo el centro de atención con mi grupo de compañeras y amigos.
Entonces volviste a aparecer. Fue una viejita que estaba a mi lado la que me indicó con el dedo de que me estabas llamando desde tu carro. El viento para entonces hacía imposible escuchar lo que intentabas decirme desde el auto, así que me acerqué. “Súbete” no lo pensé dos veces, abrí la puerta y me senté a tu lado, el calor dentro del carro relajó mis músculos pero no me atreví a mirarte. En la radio Joselino Vázquez coqueteaba con una chica al teléfono mientras se escuchaba de fondo “Solos en América” de Miguel Mateos.
“¿A dónde vas?”, “a mi casa” te contesté sin levantar la mirada de la falda a cuadros. Seguiste conduciendo sin prisa, gotas pesadas comenzaron a caer sobre el carro, sonreí para mis adentros alegrándome de no estar afuera. En “La Minerva” preguntaste de nuevo “¿por dónde le sigo?” “derecho”, “¿cómo te llamas?”, “Andrea”, “yo soy Carlos Villaseñor”, “mucho gusto” y entonces te miré, pero tú a mí no. “¿te dejó plantada tu novio?”, “no”, “¿por dónde vives?” “por el Fray Pedro”, “¿estudias allí?”, “no”, mentí y mordí mis labios, como siempre que digo una mentira, “y ese uniforme ¿de qué escuela es?”, “no es uniforme, es la moda”, “ah, mira...”
Llegamos a Manuel Acuña, volviste a preguntar “y ahora, para dónde”, “derecho, por la lateral, vamos a dar vuelta en José María Vigil para entrar por Jesús García”, me arrepentí de darte las instrucciones tan claras cuando me di cuenta de que empezaste a acelerar. Me atreví a preguntarte “¿te dejó plantado tu novia?”, dudaste un segundo antes de contestar “no” y consultaste tu reloj “debe estar llegando en este momento al café”, añadiste, “y entonces, ¿por qué estás aquí?”, “porque no quería quedarme sin conocer tu sonrisa”.
“No tengo que llegar a mi casa... todavía”, “¿quieres que vayamos a un café?”, “no”, “¿qué quieres hacer?”, “lo que sea”. Seguiste mis indicaciones y al llegar a López Mateos y Luis Pérez Verdía, buscaste dónde estacionarte; “¿has probado las aguas frescas que venden aquí?”, “no”, “¿quieres una?”... no me diste tiempo para contestar, ya te habías bajado del carro y venías en dirección mía para abrirme la puerta y ayudarme a bajar, no entendí el gesto de caballerosidad cuando extendiste tu mano hacia mí y yo la rechacé pretendiendo acomodar mi cabello. Al estar sobre la acera me di cuenta de tu altura, fácilmente me sobrepasabas por dos cabezas, me cediste el lado izquierdo de la acera y como un reflejo intentaste de nuevo tomar mi mano. Instintivamente la aparté. “¿por qué no quieres que te tome de la mano?”, “porque no me gusta”, “¿no será porque no somos novios?”, “no, nomás porque no me gusta”, “¿cómo que no te gusta?”, “no, no me gusta comprometer mi paso”, “no se trata de eso”, “para mí sí”, “¿y si te beso, me dejas que te tome de la mano?”, “no”, entonces me besaste y yo me colgué de tu cuello y cuando nos separamos no dejé que me tomaras de la mano.
Regresé a tu lado cuando sentí el frío del abandono de mi cuerpo por el tuyo. “¿a dónde vas?” te pregunté al verte de pié junto a la cama. “voy a ver si apagaron la tele los niños”, me mandaste un beso y saliste de la habitación. Sola, volví a darme cuenta de que estaba moviendo los pies bajo la sábana, como un reflejo lejano de otros tiempos, cuando tenía que huir de cualquier situación que me involucrara un poco más de lo que podía enfrentar.





De cosas pares

Abres los ojos y te das cuenta de que el sol es el mismo que te despertó el día anterior, te sigue doliendo la mirada, como ayer, cuando dejaste de tomar por sentir los ojos a punto de estallar.
¿Quién fue el alma caritativa que te acercó hasta tu cama?, ¿quién te quitó los zapatos?, ¿quién los pantalones?... sonríes como recordando aquellas manos que con dificultad fueron liberándote del cinturón, el botón, la cremallera... habías tomado tanto que probablemente no pudiste hacer nada en la cama... ya, ya sé que eres todo un semental entre los de tu tipo, que a tí la borrachera no te hace y que puedes hacer "maravillas" incluso habiéndote tomado un litro del tequila.
Pero hoy es distinto, ¿verdad?, no te quieres acordar de lo que pasó anoche, ¿por qué?, La punzada en la frente, taladrándote los ojos parece no ceder al sedalmerk; ¿de verdad creíste que sería tan fácil?, y yo que pensaba que eras un poquito más intuitivo... ¿de verdad no te diste cuenta?, ¿por qué no miras a quien está a tu lado en la cama?, ¿a qué le tienes miedo?, no, no te cubras la cara con las manos, me gusta ver cómo tu cara va transformándose de crudo a tonto, de tonto a pobre niño miedoso... vamos, abre los ojos, mira a quien tienes a tu lado que hoy no es totalmente distinto a ti.
SIN CENSURA
Pólipo Sedano, Teuchitlán, Jalisco, 09 de septiembre de 2005. Fueron descubiertos los cuerpos sin vida de dos hombres en una casa ubicada frente a la Plaza de Armas. Paramédicos de la Clínica de la localidad intentaron reanimar a los difuntos sin lograr hacerlos respirar. Uno de los ahora occisos respondía en vida al nombre de Refugio López, alias "El Cuco"; avecindado en el pueblo desde hace 2 años, famoso entre los vecinos por sus fiestas de exceso y perdición, pero muy exclusivas para señores. El cuerpo desnudo de su agresor, cuya identidad aún se desconoce, yacía sin vida a escasos metros de distancia junto a un gato que le estaba lamiendo los pies cuando los encontraron. Los cuerpos fueron trasladados al SEMEFO de Guadalajara, todavía nadie los reclama.


Fumándonos


Para el Mostro, porque se lo debía.

Acabas de encender el cigarrito. Me gusta sumergir mi nariz en esa metamorfósis olorosa, cuando el sexo puro se convierte en sexo nicotinado, quemado, cansado. Observo tus labios alrededor de ese pequeño falo de papel, plástico y tabaco; tus ojos se pierden en algún punto del techo, como si en realidad disfrutaras del "oral" que estás ofreciéndole al marlboro y mi mano acaricia sin ganas tu pecho, tu cuello. "¿Por qué fumamos después de hacer el amor?", te pregunto mientras robo de tus dedos el cigarro y me lo llevo a mis labios. "Por imitación". Sonrío, me gusta cuando dejas de lado la autenticidad y respondes sin pensar las respuestas. "¿pero, por imitación a quién?" "A las películas francesas, por supuesto", "mira tú, qué cosas... y cuántas películas francesas has visto en tu vida?" "ninguna, pero dicen que en las películas francesas los galanes siempre fuman después de coger", "tú siempre tan fino" te doy la espalda y me sigues en el movimiento hasta pegarte a mi cuerpo, como de cucharita.

Tu piel sigue tibia, cálida, agradable... "¿qué, qué dije?", "¿por qué dices "coger" cuando estamos hablando de "hacer el amor"?", "porque siempre me ha molestado que confundan o mezclen los términos. Hacer el amor es un anglicismo, faire l'amour era más bien tirar la onda, cortejar, enamorar, no encamarse... pero luego a alguien se le ocurre que suena mejor, más elegante, menos burdo, decir "hacer el amor", antes que "coger", "fornicar", "follar"... es el afán del ser social de no decirle a las cosas por su nombre..."


Sigues fumando y hablando como dándome una cátedra de las diferencias entre coger y hacer el amor y del por qué el ser humano tiende a encubrir sus intenciones cambiando palabras para obtener en su beneficio lo que el otro o la otra pueda ofrecerle. Realmente estoy cansada, sin embargo es un cansancio agradable, de esos que una siente en todo el cuerpo y no pesa, al contrario, los movimientos se vuelven más lentos, más nítidos, como si mis piernas, mis brazos, se fueran desdoblando en cada movimiento, como si pudieran ser infinitos.


Después de un "pero tú no me hagas caso" enciendes la televisión y cambias de canal varias veces. Me gusta estar contigo, fumar contigo, coger contigo. Sentir que no hace falta hablar de nosotros para sabernos, saber que más que el sexo, la afición por el cine, la inteligencia o lo que podamos llegar a vivir juntos, puede más en ti y en mí, el silencio de un cigarro compartido; aunque afuera, en la calle, en donde nadie sabe de nosotros, cada quien le rinda homenaje a su tabaquera favorita.






CANON



Fue el día de tu cumpleaños, al menos el cumpleaños que yo inventé para ti. Nunca habíamos vivido juntos ningún festejo y decidí que era un buen momento para festejarte. Después del milagro de tu cuerpo dentro del mío, me quedé sola, estoy sola. Sola en una casa que me desconoce y me abraza, que me envuelve y rechaza y me lleva a pensar en lo que soy, en lo que he sido, enloquecido trance al descubrirme: hembra, madre, hija. Mi cuerpo se confunde en esta casa tan sola, tan limpia, tan tuya. Casi puedo escuchar todavía tu voz apagada por la madrugada, decirme tantas cosas tan pequeñas pero que se hacen tan grandes salidas de tus labios... Nunca habíamos hablado tanto, no en una cama. Todavía mi cuerpo resucita la sensación de tu pierna atravesándolo, atrapándolo; es una sensación de pertenencia sin ser del todo, de reconocerme elemental como roca viva, como agua de manantial recién nacido.


El espejo del pasillo me devuelve una imagen que reconozco lejana, como de otro tiempo; cuando el deseo era lo primero que había que satisfacer, cuando la carne apremiaba y el tiempo se iba, se iba en artilugios de belleza: ejercicios, cosméticos, cosas que fui dejando y se fueron yendo y me olvidaron o me olvidé de ellas por tener otras rentas, otros piensos que creí más fuertes, más nobles incluso más sanos. Y hoy me descubro, no sin miedo, deseándote, buscándote, encontrándome con lo que llegué a sentír, vivir y desear.


Volver a sentirme básica, elemental, como tierra regada por agua fresca; como fuego avivado por viento nuevo. Y vuelvo a entender que el deseo, este que no se apaga, que no se ha apagado todavía por más que lo intentes, por más que lo intento, será la pauta para reconocerme, para volver sobre los pasos y reencontrar el camino, andarlo una vez más, aunque no sean tus brazos, tus miradas, las que me vuelvan hembra como lo han hecho desde hace tanto tiempo y desde ahora.


Con música de Bach recorro mis ideas y pienso otra vez en ti, en lo que has provocado, en lo que has manejado dentro de mí para traerme hasta aquí. Llegué y tus brazos fueron mi refugio, mi tormenta y mi calma. Tuve miedo al cruzar la puerta de encontrarme con vestigios de otras vidas y me encontré con tus ojos que me tranquilizaron y me animaron para adentrarme en tu mundo y aprender a conocerte por unas horas. Tuve miedo de encontrar vestigios de otras vidas en tu vida y me encontré con el espejo y su respuesta, la única: es un momento. Tres palabras tremendas que me trajeron de golpe hasta mis pies descalzos y comencé a bailar un ritmo no aprendido, improvisando movimientos como improvisé cada beso, cada caricia de la noche anterior. Bach acarició mis pies, movió mis brazos, me convirtió en mariposa volando en un altiplano verde, lleno de tus ojos, de tus manos que intentaban atraparme siempre para traerme hasta tu sexo. Tu sexo multiplicado en muchos sexos distintos y al mismo tiempo el que conozco y con el que me reconozco básica, viva, infinita. Sigo volando en un recorrido no planeado, vuelo de tu cama a la cocina, de la cocina al estudio, del estudio a la recámara y vuelvo a iniciar la ruta de siempre con vuelos distintos: paso por tus libros, los elijo, sé dónde está Nandino, dónde está Sabines, dónde está el Quijote. Alzo mis alas un poco más y me encuentro con la lámpara vitral que me antoja unas uvas, una manzana, frutas muertas para una boca viva.


La música se detiene y mis pies sienten de nuevo el aterrizaje, entonces me vuelvo hormiga, pequeñita, indefensa, bichito perdido de su escondrijo, de su rutina, de la vida que dejó atrás para encontrarse con otra vida, la misma que me compartes a veces, en ratos, en silencios que no interrumpo porque sé que no necesito decirte nada, hablar de nada porque me sabes toda, porque me intuyes siempre, porque sé que al hablar rompería este momento irrepetible, único en el tiempo, en nuestro tiempo. Son tan sólo unas horas, pero son tantas horas que no podría calcular los días que pueden ser tan pocos, que prefiero que sean minutos y así vivir cada uno de ellos como si fuera el último.





El Moro


Los dos sabemos que no puede pasar nada. No han sido necesarios las precauciones, estar atentos al calendario, hacer uso de preservativos, métodos de anticoncepción, remedios caseros contra el mal de amores. Y sin embargo…


El diagnóstico de los seis médicos que me han revisado nunca ha presentado diferencias. Soy estéril desde la tarde en que el Moro me levantó en astas por la ingle durante dos segundos, para luego soltarme violentamente contra la arena entre convulsiones, mis gritos y el silencio total del público. Me dicen, los médicos, la familia, los amigos, que corrí con suerte. El cuerno pudo haber llegado a perforar la arteria y hubiera muerto en cuestión de minutos…


Van a ser las 12, pronto se reunirán los apoderados para llevar a cabo el sorteo de los toros. Debo prepararme, remover de mi piel la sensación de su cuerpo sobre el mío, deshacerme de sus besos. Concentrarme. Abrir el sobre que ha dejado sobre la mesa, sabiendo de antemano la noticia que llegará para cambiarlo todo o seguir con todo como ha sido hasta ahora. La cama sigue el desorden de nuestros cuerpos.


— Pásame los cigarros del bolso — me ha pedido y ha salido el sobre entre mis dedos.

— ¿Qué es esto?— he preguntado casi sabiendo la respuesta.

— El resultado de mis análisis. Me he sentido cansada, mareada, con sueño… así que fui al médico y me mandó hacer los análisis, sólo por rutina… no creo que sea algo irremediable…


Son las doce. Pronto sabré si será el primero o el cuarto de la tarde. No puede ser otro. El Moro tiene una deuda conmigo y su hijo viene a cobrarla esta tarde. Han pasado seis años desde aquella faena. Y yo que creía que aquella sería mi tarde… seis años que he pasado con Mariana entre las sábanas. Seis años esperando encontrarme con el hijo de el Moro”, seis años luchando sobre esta cama con la misma mujer…


— ¿Has visto la hora que es?, me esperan en la promotora… casi no tengo tiempo para nada… ¿me pasas las medias?, gracias… no iré a la corrida, sabes que no soporto la angustia de verte en el ruedo… te espero aquí, todo saldrá bien… ¿quieres que traiga algo para comer, se te antoja algo en especial para la cena?... ahora me tengo que ir, si piensas en algo, si se te antoja cualquier cosa, mándame un mensaje al celular, ¿va?, cuídate. Bye.


El sobre, Mariana, el Moro, la vida… ¿es posible que en una tarde se resuelva todo?, Mariana no sabe que me enfrentaré, si Dios quiere, contra el hijo del Moro, como no tampoco sabrá que seré el primero en leer el resultado de sus análisis.


— Jesús, qué bueno que me llamas, cuéntame, ¿hicieron el sorteo? Sí es nuestro toro… bien. El hijo del Moro el primero… “Morillo”, menudo nombre… y el Pinto el cuarto. Gracias, nos vemos más tarde.


EPÍLOGO


La nota en el noticiero:


El día de hoy se visitó la casa del que hasta ayer fuera el más grande torero que ha dado nuestro país en los últimos años. El matador Joaquín Bustillos, enfrentó el día de ayer al primero de la tarde, “El Morillo”, hijo del Moro, que fuera el toro que hace seis años lidió en esta misma plaza, sin poder llevar la faena a término por la terrible embestida que recibió entonces. En aquella ocasión, Bustillos ha pedido el indulto para el Moro antes de salir del ruedo, mismo, que en un acto insólito, fue concedido por el juez de plaza. Ayer, el Morillo no ha agradecido el perdón que el torero concediera a su padre hace seis años, dando como resultado el fatal acontecimiento que todos conocemos. Todavía está encendido el altar a la Virgen María y al Sagrado Corazón de Jesús, como esperando ser apagado por el mismo Bustillos. Le sobreviven su esposa, Mariana Bustillos quien, devastada, ha dado la noticia del embarazo de quien sería el primogénito del Torero. Hasta aquí la noticia.